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Capit?n Conan

Ha terminado otra guerra, un nuevo conflicto b?lico que no hace rid?culas distinciones entre vencedores y vencidos. Tanto da de cu?l se trate. Pongamos que est? a punto de concluir la segunda d?cada del siglo XX y que la historia la bautizar? -?qu? f?cil es poner nombre a la locura a posteriori!- como la Primera de las Guerras Mundiales. Hombres acostumbrados a librar batallas, a cargar con la bayoneta calada e imponerse al enemigo en la terrible suerte del cuerpo a cuerpo, ver?n truncada -una vez m?s- su nada apacible existencia. El armisticio se firma el 11 de noviembre de 1918 y obliga a los supervivientes a incorporarse a ese eufemismo conocido como "vida civil".

Pero... ?hasta qu? punto era eso factible? ?Pretender que nada ha ocurrido, pasar a la reserva, abrazar el hemingwayano "adi?s a las armas" e incorporarse a sus trabajos previos? Como si fuera posible aceptar aquello en lo que uno se ha convertido, todo lo que uno ha visto, arrebatado, matado o violado. La guerra, la verdadera muerte en directo, se revela la experiencia total, el punto de inflexi?n absoluto en la existencia de cualquier hombre. Nada puede volver a ser igual, porque nadie sale indemne o impoluto tras tanto miedo pasado en las trincheras, a sotavento, en campo abierto o junto a los restos de un caballo destrozado por la metralla.

Los senderos de gloria de Tavernier son tortuosos y ambiguos. Desde un posicionamiento netamente humanista (que lo entronca con otro gran hacedor de cuentos morales llamado Zhang Yimou) el director franc?s retoma uno de los leit motivs de su obra: la transformaci?n que sufre hasta el mejor de los hombres en situaciones hostiles o di?fanas, el aumento de las dudas, el abandono de la coherencia, la creciente amoralidad a que se ve abocado... y la subsiguiente inadaptaci?n.

Pero Tavernier rehuye la ?pica del perdedor tan del agrado de un Huston, por poner un ejemplo. Sus h?roes tampoco son individuos especialmente dotados para la aventura o merecedores de la roja insignia del valor: en multitud de ocasiones, sencillamente, no saben c?mo reaccionar ante las dificultades que se les presentan, ampliamente sobrepasados por las circunstancias. Y se equivocan. El polic?a amante de prostitutas colgadas y desenga?ado de un sistema judicial en bancarrota en Ley 627 (L. 627, 1991), el soldado sanguinario y fiero -y sin embargo humano, demasiado humano- de Capit?n Conan o el abnegado profesor de Hoy empieza todo (?a commence aujourd'hui, 1999), -por citar s?lo tres de sus pel?culas m?s conocidas- conforman un crisol de amarguras y desdichas dif?ciles de desligar del rostro de Philippe Torreton. Un Torreton que se llevar?a el Cesar al mejor actor (para Tavernier ser?a el galard?n a la mejor direcci?n), contrastando con los dos o tres premios de consolaci?n que les otorgar?a nuestro injusto San Sebasti?n (la ya cl?sica Menci?n Especial de circunstancias y un vergonzante Premio a la Solidaridad (????)).

Como el Ethan Edwards de Centauros del desierto (The Searchers, 1958. John Ford), Torreton siempre retorna al punto de partida con la sensaci?n de que ya no puede incorporarse a la comedia humana, continuar la farsa. Algo dentro de ?l se ha roto, y no hace falta que se cierre una puerta detr?s de ?l para que seamos conscientes de su inevitable marginalidad.

?Hace Bertrand cine social? Discusi?n bald?a. En Francia no hace falta haber sido estudiante de la Sorbona de Par?s o cr?tico cinematogr?fico de Cahiers du Cin?ma para justificar un cierto inter?s por la realidad en la que uno habita. (Y -?ojo!- Bertrand Tavernier fue tanto lo uno como lo otro: ?el ?nico cr?tico cinematogr?fico que escribi? regularmente -y a veces de forma simult?nea- en las tres principales revistas especializadas francesas (Cin?ma y Positif, am?n de Cahiers)?). (1)

Que Francia es sin?nimo de compromiso es algo m?s que un t?pico. S?lo hay que ver el excelente estado de forma de los viejos rockeros (Rivette, Chabrol, Rohmer, T?chin?.... si, excluyo conscientemente al t?tem Godard) o la sabia nueva -respetuosa y militante sin contradicci?n aparente- que aportan j?venes y no tan j?venes (Zonca, Doillon, o Gueridian) para darnos cuenta de los a?os luz que nos separan del pa?s aparentemente vecino.

Bertrand Tavernier fue muy cr?tico con Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1999. Steven Spielberg) por el supuesto realismo que desprend?a su el?ctrico desembarco de Normand?a. Para ?l no se trata m?s que de una nueva glorificaci?n de la violencia (y si hemos visto atentamente La muerte en directo [La mort en direct, 1979] o La carnaza [L' Appat, 1994] sabremos lo sensibilizado que est? por este asunto). Teme que tras el impacto inicial de las escenas, el p?blico se quede anonadado por el caudal de im?genes visualmente impecables y acabe murmurando "?qu? guapo!".

La guerra de Tavernier no es una atracci?n de parque tem?tico. De su diario de rodaje, en lo relativo al tratamiento de las escenas de batalla: ?En ning?n caso debemos dar la impresi?n de que los soldados han logrado alg?n objetivo, que est?n atrapados defendiendo una posici?n vital. Debo evitar imponer un ?nico punto de vista, ya sea el del h?roe o el del director. Hay que reemplazar esto por una especie de punto de vista colectivo, huir de cualquier visi?n individualista? (2).

Y eso es algo que sin lugar a dudas logra. Pocas veces la guerra ha parecido m?s absurda que en Capit?n Conan. Las noches son realmente desoladoras (esa oscuridad con algo de tenebroso se logr? trabajando en condiciones reales de iluminaci?n); la esperanza o la compasi?n resultan virtudes est?riles, anacronismos de una civilizaci?n vencida largo tiempo atr?s.

?Existi? alg?n episodio m?s rid?culo que dejar luchando a 100.000 tropas francesas m?s de un a?o en la Europa del Este, con la guerra ya acabada? El armisticio no es m?s que el pr?logo de la siguiente guerra y Conan lo sabe bien. Encuentra rid?culo tener a sus hombres atorados en la frontera b?lgara o acuartelados en la capital de Ruman?a. ?l se considera un guerrero antes que un soldado y las movidas de bolcheviques tratando de poner en pie la hoy extinta Uni?n Sovi?tica escapan a su entendimiento. Demasiado idealismo. Como jefe de una unidad guerrillera para ?l la pregunta nunca ha sido "?por qu? luchamos?", sino "?por qu? parar?". Considera igualmente rid?culo que procesen a sus hombres por haber matado a dos mujeres durante el asalto a un caf? en ?poca de "paz" (otro famoso soldado amigo de remontar r?os dir?a, y con raz?n, que "es como poner multas por exceso de velocidad en las 500 millas de Indian?polis").

La base literaria que sostiene la pel?cula es un prestigioso libro ganador del Premio Goncourt en 1934, sobre el cual Tavernier tiene pensado erigir una trilog?a que ilustre algunas de las consecuencias de la Gran Guerra (el primer episodio ser?a La vida y nada m?s [La vie et rien d'autre, 1989]).

El revisionismo hist?rico nunca ha sido del agrado de los fariseos (s?lo hay que ver lo que la cr?tica gala ha dicho de su reciente Salvoconducto [Laissez-passer, 2002], pel?cula donde osa poner peros a la gloriosa "r?sistance"), pero no es la primera vez que este director polemiza con las fuerzas vivas de su pa?s (recu?rdese el rebote que pill? el ministerio de educaci?n franc?s por su dolorosamente realista Hoy empieza todo).

Como ?l mismo afirma en su enciclop?dica revisi?n del cine americano: ?existe un doble defecto frecuente en la cr?tica contempor?nea consistente en idolatrar el pasado o, al contrario, pregonar una auto-satisfecha ignorancia respecto a ese mismo pasado? (3).

Porque Tavernier no est? dispuesto a olvidar, al igual que ese resentido y agonizante guerrero que en otro tiempo fue el capit?n Conan. Puede que las heridas hayan cicatrizado, pero la mirada de Conan nos asegura que no se ha dejado vencer por el miedo. Cuando su ilustrado compa?ero lo ve por ?ltima vez, aparcados por siempre los discursos ?ticos y las soflamas patri?ticas, sabe que ?l es el testimonio viviente de unos tiempos que los necios no osan ya evocar. Su lenta extinci?n es, de alguna forma, el triunfo de la amnesia colectiva frente a la dignidad que nos proporciona la memoria.

Olvidamos a los capitanes Conan de nuestras guerras para apaciguar la verg?enza que nos provoca saber que fueron compatriotas nuestros. Aunque nunca supieron realmente porqu? luchaban. ?Acaso lo sabemos nosotros?

(1) "La vida, la muerte y el cine de Bertrand Tavernier", de Esteve Riambau y Casimiro Torreiro. Ediciciones Textos Filmoteca.
(2) "Bertrand Tavernier. The Film.Maker of Lyon", de Stephen Hay. Editorial I. B. Tauris.
(3) "50 a?os de cine norteamericano", de Bertrand Tavernier y Jean-Pierre Coursodon. Editorial Akal


Por Jorge-Mauro de Pedro

Añadido: January 13th 2005
Escrito por: kc
Resultado:
Lecturas: 112
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