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Relatos Cortos : Bajo los impulsos



Bajo los impulsos
Enviado por plens el 08-Sep-2006
242 personas han leído este Relato.




Manuel recordaba con confusa nostalgia los tiempos en que ejerc?a de profesor de instituto, su existencia por aquel entonces era serena y pl?cida. En su casa, todas las tardes y hasta la llegada del c?lido atardecer, preparaba con minuciosidad las materias de clase para el d?a siguiente; despu?s, se dirig?a al paseo de la peque?a ciudad costera y permanec?a sentado en uno de sus bancos observando el ir y venir de la gente; de vez en cuando, alg?n conocido se paraba y depart?a algunos minutos con ?l; aquella rambla siempre le hab?a gustado, los cercados parterres estaban muy bien cuidados y los tilos, con sus amplias copas, parec?an aislar el paseo del resto de la ciudad. Los fines de semana los ocupaba en peque?as reparaciones de la casa y en buscar un lugar c?modo y tranquilo en el acantilado donde poder pescar con su vieja ca?a.

As?, con serena monoton?a y sin sobresaltos, transcurr?a la vida de Manuel. As? hasta que Ruth irrumpi? en ella sin previo aviso.

Ocurri? una tarde de primavera, cuando en el banco del paseo se acomod? a su lado una preciosa mujer; Manuel la contempl? con disimulo. Su cabello moreno contrastaba sensual con el albor de su piel, sus ojos grandes y verdes sosten?an una frente limpia; su peque?a y respingona nariz daba paso a unos labios rojos y carnosos; el delgado cuello entroncaba perfecto en un armonioso cuerpo, un sugerente escote permit?a adivinar la rigidez de sus pechos; aquel vestido negro le llegaba hasta las rodillas, de sus piernas entrecruzadas uno de sus muslos se exhib?a provocador; sus zapatos, negros tambi?n, se ajustaban con precisi?n en sus peque?os pies. Ruth no tard? en sentirse observada, lejos de incomodarse dirigi? la mirada hacia ?l y le sonri? con naturalidad. No tardaron en presentarse y despu?s de cruzarse algunas frases sin importancia, Manuel se sorprendi? de su atrevimiento cuando la invit? a cenar aquella noche.

El camarero les sirvi? los postres, por aquel entonces, el efecto del vino ya se adivinaba en sus rostros y se confirmaba con sus animadas charlas; m?s tarde lleg? el cava y finalmente los licores. La timidez de Manuel quedo fulminada por el alcohol. Mientras estuvieron cenando, Ruth, al igual que ?l, describi? con brevedad su vida; as? supo Manuel que estuvo casada con un rico comerciante de Barcelona, que no hab?a tenido hijos y que el divorcio le devolvi? la tan codiciada libertad. Al salir del restaurante, se dirigieron con celeridad a casa de Ruth; durante el trayecto una ligera brisa primaveral alivi? el calor en sus rostros. Una vez en la habitaci?n no hubo tregua, el poder del deseo se adue?? de sus cuerpos, ni un solo cent?metro de uno quedo sin ser explorado por el otro, pocas posturas m?s hubieran cabido en aquella lujuriosa noche que acab? siendo el preludio de todas las siguientes.

Con el paso del tiempo, el deseo por Ruth se convirti? en obsesi?n. A Manuel, las horas de espera que mediaban entre la salida del instituto hasta el anhelado encuentro con ella se le hac?an interminables; en estos intervalos sol?a mitigar su ansiedad con tres o cuatro copas de Whisky; desde hac?a meses la bebida hab?a intimado peligrosamente con ?l.

Manuel, lenta pero inexorablemente, se fue despreocupando de sus costumbres y quehaceres diarios. Su met?dica vida estaba siendo ferozmente sacudida por el irrefrenable deseo de sexo engrandecido por la envolvente bruma embriagadora que le proporcionaba el alcohol.

As? sucedi? que, poco a poco, fue prescindiendo de sus vespertinos paseos, dej? de lado la planificaci?n de sus tareas acad?micas y la vieja ca?a de pescar qued? definitivamente arrinconada en el altillo de su peque?o apartamento.

Ruth se comportaba de otro modo; a diferencia de Manuel, que convirti? aquellas veladas en el centro de su existencia, ella las conceb?a como una parte m?s del puzzle de la vida, preocup?ndose con frialdad de tener bien colocadas las restantes piezas; sobre todo una: la econ?mica. As? que todos los gastos corr?an a cargo de ?l; adem?s, la colmaba de regalos, unas veces por iniciativa propia, otras por sutiles sugerencias h?bilmente hilvanadas por ella. Ruth manten?a la cabeza serena, y consciente del poder que ejerc?a sobre Manuel lo manejaba a su antojo.

Malos, muy malos d?as se le avecinaban a Manuel. Las noches sin dormir, los excesos et?licos y su escasa alimentaci?n hab?an hecho mella en ?l. Nadie puede mantener encendidos, de d?a y de noche, todas sus luces, todos sus volcanes.

En el instituto, tanto los alumnos como sus compa?eros docentes, contemplaban asombrados como aqu?l respetado profesor en el que su seriedad, honestidad y entusiasmo por el trabajo hab?an despertado la admiraci?n de todos, se estaba convirtiendo ahora en un personaje hura?o, despreocupado, e incluso a veces agresivo.
En una ocasi?n, por el solo hecho de o?r toser a un alumno, lanz? hacia ?l, con inusitada violencia, un peque?o libro de bolsillo que por fortuna el aturdido muchacho logr? sortear con dificultad.

Este cambio en su actitud oblig? al se?or Costa, as? se llamaba el director, a reprocharle su conducta y a advertirle con severidad que de continuar as?, lament?ndolo mucho, tendr?a que prescindir de ?l. El director conoc?a las circunstancias por las que estaba pasando Manuel, no en vano Tossa era una ciudad peque?a y m?s pronto que tarde cualquier hecho novedoso era conocido por muchos, y m?s, trat?ndose, como era el caso, de nuestro personaje el cual gozaba de cierta popularidad.

Pero Manuel persever? en su comportamiento, la voluntad hac?a tiempo que se hab?a alejado de su alma y s?lo obedec?a a sus impulsos y a Ruth. As? que el se?or Costa, rendido a la evidencia, requiri? su presencia en el despacho de direcci?n; all? le comunic? el despido, le extendi? un cheque y puso fin a la relaci?n laboral.

Manuel debe tener cuidado, no tiene un aspecto excesivamente bueno-dijo al final el director con tono paternal-. S? muy bien por lo que est? pasando, si me permite un consejo v?yase a descansar unos d?as; no le digo que renuncie al placer de los impulsos, al contrario, ?stos hay que explorarlos, enredarse en ellos, tenerlos encendidos siempre; pero d?jelos reposar con alguna peque?a porci?n de realidad, de lo contrario acabar? bajo ellos. Por cierto-concluy?-.?Deje de beber de una pu?etera vez!.

Gracias-dijo Manuel con poca convicci?n-. No s? que me est? pasando... Yo siempre he intentado cumplir. Bueno no se.....

Se dieron la mano y Manuel se dirigi? con un suspiro de resignaci?n y debilidad a la puerta.

Aquella misma tarde relat? a Ruth lo sucedido; ella le escuchaba con atenci?n; ?l deseaba vislumbrar en su expresi?n un atisbo de ternura que aplacara su angustia, un m?nimo de comprensi?n que ubicara en su agitado interior un poco de sosiego. Sus pretensiones pronto se desvanecieron. Ruth, con cierto desprecio, le dijo:

-A veces pienso que todav?a tienes alma de ni?o, si pretendes que te compadezca est?s equivocado. As? que tu ver?s lo que haces; empiezas a ser un problema para m?.

Sin embargo, pronto cambi? de actitud. Manuel, en un intento desesperado por retenerla, le propuso realizar un viaje al tiempo que le mostraba el cheque que horas antes le hab?a entregado el director. Ella acept? sin dudar y se?al? el destino: M?naco.

Al d?a siguiente partieron en el potente deportivo con el que meses antes Manuel la hab?a agasajado. Una vez instalados en uno de los lujosos hoteles del bullicioso principado, dieron cuenta de una opulenta cena y se perdieron en la libertina noche monegasca.

La asistencia a los casinos, las compras en las boutiques de alto standing, el desenfrenado consumo de alcohol y las confusas veladas en las discotecas, se convirtieron en excitante rutina los d?as siguientes.

Al cabo de tres semanas, los fondos de Manuel hab?an disminuido de forma alarmante; con el acelerado ritmo que llevaban apenas podr?an permitirse cinco o seis d?as m?s en M?naco. Ella lo sab?a, ?l no quer?a pensarlo. A todo esto, el aspecto exterior de Manuel empezaba a ser preocupante, aunque menos que el interior. No paraba de beber;
desayunaba con cava, com?a con vino y atravesaba las tardes y las noches envuelto por el whisky y el vodka.

Al mediod?a sol?an salir juntos de la habitaci?n para ir a comer al recogido y acogedor restaurante del hotel; sin embargo, en esta ocasi?n ella le precedi? mientras ?l acababa de arreglarse. Despu?s de vestirse y de dar el ?ltimo trago, cerr? la habitaci?n y se dirigi? ebrio a recepci?n, tras depositar la llave acudi? al restaurante, despleg? la vista y all? vio a Ruth, estaba en la barra departiendo animadamente con un elegante joven que la ten?a asida por la cintura; Manuel se les acerc? desconcertado; iba a decir algo cuando Ruth se le adelant?:

-Hoy comer? fuera, seguramente no volver? hasta ma?ana, as? que no me esperes despierto.

El distinguido acompa?ante mir? con superioridad a Manuel al tiempo que, con suavidad, colocaba una de sus manos en las nalgas de Ruth.

Manuel fue incapaz de replicar. Cansado y d?bil volvi? a la habitaci?n, recogi? sus cosas y con el dinero que a?n le quedaba tom? el primer vuelo a Barcelona; una vez all?, alquil? un coche, se dirigi? a Tossa y lleg? a su casa.

El sol apenas hab?a asomado. Manuel estaba empapado en sudor, las secuelas de su vertiginosa vida en los ?ltimos a?os se pod?an apreciar con claridad en su aspecto. Permanec?a sentado en la cama; la ?nica bombilla que colgaba solitaria en la habitaci?n segu?a encendida a pesar de estar amaneciendo. Un cenicero desbordado, un viejo libro abierto y una botella de vino dibujaban la vigilia de aquella noche. Manuel se incorpor? con esfuerzo y al acercarse al espejo del armario y mirarse en ?l, observ? el desolado paisaje de sus rasgos alterados; no se reconoci?. Se sent?a mal, esta vez no pasar?a como en otras ocasiones cuando tras descansar dos d?as, sus ojos volv?an a obedecerle, su coraz?n lat?a m?s sosegado y de sus sienes desaparec?a el dolor. Esta vez no.

Sigui? bebiendo todo el d?a hasta bien entrada la noche.

Con paso lento abandon? la casa y se dirigi? al acantilado; la luna alumbraba tenue su flaca figura, su andar cansino; sus delgados brazos pend?an con gesto cansado. Una vez all?, se desliz? a trav?s de las rocas hasta alcanzar la parte baja; desat? uno de los peque?os botes amarrados, rem? mar adentro unos minutos y cuando se hubo alejado lo suficiente solt? los remos y se sent? en la proa con las piernas colgando hacia el agua.

Durante el brev?simo instante del salto, cientos de im?genes se sucedieron veloces por la cabeza de Manuel: el instituto; el director; el paseo, con sus tilos; su vieja ca?a de pescar; Ruth, sentada en el banco con su vestido negro; miles de botellas vac?as; aquella mano en las nalgas de Ruth. Despu?s fr?o, luego silencio y enseguida la nada.

Por la ma?ana el mar abrazaba su d?bil cuerpo que se mostraba inerte, quieto y lento en aquellas tranquilas aguas.







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