| El Extra?o Nacho |
| Enviado por mor el 01-Oct-2006 | | 194 personas han leído este Relato. | |
Se acababa de incorporar. Nacho vino de Madrid, mi nuevo compa?ero de trabajo ten?a apenas treinta y cinco a?os y un aspecto pasable, el pelo corto, los ojos peque?os, aunque la cabeza era grande y redonda. Por lo general parec?a un personaje simp?tico y extrovertido, quiz? algo vehemente en sus opiniones pero, no m?s que la mayor?a.
Al cabo de un tiempo no tard? en darme cuenta de que estaba ante un tipo peculiar.
Al acabar nuestra jornada nos dirig?amos juntos hasta la plaza de la Estaci?n, lugar en que cada cual segu?a su camino. Durante el trayecto en com?n, Nacho ten?a la costumbre de detenerse en el ?nico cajero autom?tico que hab?a en nuestro itinerario; con nerviosismo desmesurado, introduc?a su tarjera en la ranura; luego, tapando con su mano el teclado, marcaba la clave, solicitaba extracto de su cuenta y, con impaciencia, revisaba el saldo; una vez lo comprobaba se quedaba tranquilo y una pl?cida sonrisa delataba su alivio. Esta escena se repet?a todos d?as.
Una de esas veces, despu?s de ejecutar la misma acci?n, no pude contener mi curiosidad y le rogu? que me explicara el motivo de tan met?dico proceso
-Amigo-me dijo con naturalidad-.Simplemente observo el dinero que tengo.
Fue entonces cuando me percat? de su cicater?a y as?, recordando, me vino a la memoria cuando en cierta ocasi?n le suger? que se comprara un coche nuevo y que se deshiciera de aquel viejo y destartalado Seat; me mir? furioso, frunci? el ce?o agrandando sus peque?os ojos y exclam? con dureza:
-?No pienso hacerlo!. Adem?s-prosigui?-, me lleva a todos los sitios.
Cierto d?a, con motivo del cumplea?os de su madre, me convino a que le acompa?ara a una perfumer?a para adquirir un frasco de colonia. Despu?s de ver varias, por supuesto las m?s econ?micas, dud? entre dos de ellas; ni que decir tiene que la pobre dependienta, despu?s de mostrarle durante m?s de una hora toda clase de marcas, estaba al borde de un ataque de nervios; le pregunt? si alguna de las dos estaba en oferta, que si regalaban algo con la adquisici?n. La negativa de la pobre chica le puso furioso; no contento con esto las compar? comprobando los centilitros que conten?an cada una. Yo, viendo el sufrimiento de la empleada, decid? esperar fuera de la tienda. Cuando sali? no llevaba nada. As? que se fue a una de estas tiendas de ?Todo a un euro? y compr? un rid?culo jarr?n.
En otra ocasi?n, se ausent? del despacho unos minutos para ir al banco a pagar el recibo de la luz. Al volver, sac? de su bolsillo el justificante de pago y cont? una y otra vez las monedas que le hab?a devuelto el chaval de la caja; Su expresi?n se torn? atormentada, la cara se le enrojeci? de desesperaci?n; recogi? todo, recibo y monedas, y sali? impetuoso. A su regreso me interes? por lo sucedido; su explicaci?n me dej? at?nito: ? Le hab?an devuelto cinco c?ntimos de menos!.
Ahora me explicaba por qu? a la hora del desayuno ?l segu?a trabajando; no quer?a gastar, era un taca?o aut?ntico; incluso cuando le dec?amos de subirle algo del bar ni siquiera respond?a, mov?a la cabeza de una lado a otro para mostrarnos su negativa. Era tal su obsesi?n, que era capaz de pasar todo el d?a sin beber con tal de ahorrarse unos c?ntimos en un botell?n de agua.
He de reconocer que en una oportunidad lleg? a sorprenderme, incluso dud? de su taca?er?a; pero no tard? en comprobar que se trataba de una simple quimera.
Ocurri? al comentarme que el s?bado llegaba de Madrid su novia y que la iba a invitar a cenar. Aquello me desconcert?. Quiz? no sea tan miserable-pens? para mis adentros. Despu?s de un corto silencio le dije:
-Haces bien Nacho; as? despu?s de cenar dais una vuelta y conoc?is Alicante de noche.
-Ya veremos- respondi? preocupado.
Se dio la casualidad que el domingo, despu?s de recoger el peri?dico, me top? de frente con ?l; a su lado estaba Teresa, as? se llamaba su novia, era bajita, delgada, unas extra?as gafas imped?an dilucidar con claridad su mirada. Despu?s de presentarnos me interes? por la cena.
-?Qu? tal anoche, cenasteis bien?-pregunt? con curiosidad.
-S?, muy bien-respondi? Nacho-. Por cierto-prosigui?- hoy televisan al Madrid.
Estaba claro que evitaba extenderse en la respuesta.
- Pero dime Nacho-insist? con maldad-. ?D?nde fuisteis a cenar?, ?Salisteis luego?
Esta vez respondi? Teresa
- No, no salimos ? contest? con naturalidad- despu?s del burguer nos acostamos. Por cierto-continu?-con un solo euro cenamos los dos.
Una vez en mi casa intentaba comprenderle; pens? que ?l era feliz as?, a nadie hac?a da?o; a nadie daba pero a nadie ped?a. ?l disfrutaba acumulando y comprobando cada d?a el dinero que pose?a; el taca?o mantiene as? viva la esperanza, que nunca materializa, de poder disfrutar del placer. Es como el que acaba de comprarse un par de zapatos estupendos y nunca encuentra el momento de estrenarlos con tal de no estropear el placer que le da pensarlo.
?Dejen pasar! ? Salgan de ah?!-gritaba el polic?a al tiempo que apartaba a los curiosos.
La mano la ten?a atrapada en la ranura del cajero, sus ojos permanec?an abiertos, en su mirada perdida se observaba una mezcla de delirio e incredulidad.
Oficialmente el infarto que provoc? la muerte de Nacho se debi? a la angustia que padeci? al ver su mano atrapada. Sin embargo, ?l y yo sabemos que muri? al comprobar que el maldito cajero se le hab?a tragado la libreta.
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